El dúo inseparable en la historia de la política moderna es dinero y poder para dominar. Son formas e instrumentos de imponer al otro o a grupos sociales una conducta que no tomarían espontáneamente.
La lógica del dinero -que es la capacidad de someter unilateralmente- se confronta con la lógica de la democracia que es la posibilidad de organizar la sociedad en su pluralidad. De tal manera que las asimetrías políticas, económicas, sociales y culturales tiendan a disminuir; y los individuos puedan progresivamente lograr que sus derechos se hagan efectivos. Ciudadano es el individuo que en la sociedad ejerce plenamente sus derechos. Un ciudadano inacabado es el que no los ejercita.
Es precisamente la organización democrática del poder la que evita las inequidades y nos vuelve pares ante las oportunidades de progreso en el desarrollo social colectivo.
Nadie otorga derechos gratuitamente ni entre pueblos ni al interior de los pueblos. No hay clases sociales poderosas que construyan la felicidad de los más pobres. Por eso la democracia pretende organizar la sociedad de manera tal que condicione y acote el poder en favor de las mayorías.
Del voto echa mano la democracia para lograr la concreción de los derechos mayoritarios. Por medio de las elecciones, el pueblo delega el poder de su voto al que lo va a gobernar, con un cierto programa a cumplir que gustó a las mayorías y que va a ser instrumentado por un conjunto de individuos, se supone los más capaces.
Sí una forma de delegar el poder es por la vía electoral; entonces es harto probable que el dinero intervendrá, interferirá, distorsionará y alterará la voluntad popular en el proceso de elegir. Visto así, la mejor opción será la mejor sonrisa o copete, expuestos y trasmitidos por el mejor canal de televisión. Por lo tanto, los que compiten no son proyectos de sociedad ni de país, sino publicidades individuales.
El dinero altera las elecciones, permite comprar espacios de radio y televisión, espectaculares en las avenidas, imprimir carteles de publicidad, pagar portadas de revistas, costear movilidad de los candidatos y simpatizantes, para mostrar sus atributos supuestos o reales a todo el mundo. Y el que no tiene dinero y partido político posee escazas posibilidades reales de competir y sólo tendrá algunas ideas sobre la sociedad que con estrechez pueda difundir.
Con el dinero sucio estamos distorsionando el fenómeno esencial de la democracia electoral que es la delegación de poder de las mayorías para una gobernabilidad estable y sustentable.
Cuidemos que la democracia no se convierta, gracias a la mercadotecnia, en una máscara monetarizada porque entonces el acto de elegir deviene crisis de representación y ésta en crisis de legitimación. La desconfianza en la democracia se estará convirtiendo en un peligro grave y no en una tendencia negativa, como lo es hoy.
El dinero no solo moldea y distorsiona la voluntad en la elección. Incide más allá puesto que su lógica es: tener más dinero para tener más poder y teniendo más poder se consigue más dinero, con lo cual se obtiene más poder. Esa es la espiral de la perversidad antidemocrática dentro de un régimen democrático.
De ahí que la gobernanza parece más obedecer a los dictados de los intereses del dinero y de los políticos poderosos, que a las necesidades de la mayoría que votó por un candidato, por un programa, por una esperanza, por una transformación.
PD1. Artículo elaborado a partir de lo expuesto por Dante Caputo, en el Foro mencionado en mi anterior artículo sobre el tema.
PD2. Bueno es que un político declare no ser palero de nadie; pero eso no lo exenta de ser alguna vez manipulado por otro más colmilludo que él. ¿O sí?
PD3. Grafiti en el metro Insurgentes del DF: “(-) políticos corruptos (+) ciudadanos exigentes y participativos” ¡Tómala!
PD4. El tema del dinero en las elecciones del 2012 es un tema álgido en la democracia de Guerrero. La actual ley estatal electoral no da blindaje alguno contra el dinero ilícito en los próximos comicios locales, así fue apreciado el año pasado por todos y por lo que estamos viendo también en el presente. ¡Sopas!
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