Héctor Manuel Popoca Boone.
Ya no saben qué decir los
gobernantes y políticos ante su incapacidad manifiesta para frenar y disminuir
las violencias desatadas en Guerrero, desde años atrás. Dan pena sus
declaraciones públicas. Tal pareciera que fueran dirigidas a un pueblo
sorumbato y no avispado como es el guerrerense. Los ingenios de muchas de esas
frases van a la par con el cinismo, frivolidad e insensibilidad que muestran,
la mayoría de ellos, ante el dolor de muchas familias gravemente laceradas al
ver a sus hijos asesinados, independientemente de que hayan sido delincuentes o
no.
La mayoría de los políticos y gobernantes
esgrimen todos los días que la violencia va disminuyendo; lo cierto es que las
estadísticas los desmienten una y otra vez. Siguen prevaleciendo los altos índices
de violencia de antaño. El Secretario de Gobernación, Osorio Chong, llega a
Acapulco y declara que en solo tres meses han disminuido en un 60 por ciento
los crímenes dolosos en el puerto. Los datos duros indican que en los primeros
dos meses de este año, en Guerrero se han presentado casi el mismo número de
asesinatos que en 2016. Acapulco aporta alrededor del 50 por ciento de dichos
crímenes.
¡No se vale encubrir
irresponsabilidades públicas distorsionando las causales de los asesinatos que se
dan en serie incubadas en el marco de la inseguridad pública prevaleciente!
Confiesan las autoridades
que las diversas estrategias de seguridad que han llevado a cabo han fracasado.
Pero no reconocen que los fracasados son ellos; por su ineptitud demostrada
para enfrentar con acierto el fenómeno de la violencia, cuyas raíces se
encuentran también en las mismas entrañas de un ejercicio impune de mal gobierno.
La trivialidad de las
declaraciones de estos personajes es terrible: “los asesinados son gente que
van de paso”, declara un presidente municipal. Las muertes de mujeres y niños
son meramente “daños colaterales.”, declara otro edil. Un día sí y otro
también, aparecen variado número de asesinados descuartizados y algunos
encostalados; pero solo “son casos aislados”, declara otro gobernante. Los
muertos en los próximos tiempos serán materia electoral o de mera nota
periodística, afirma otro.
Se
dan en Acapulco en un día, 7 ejecuciones, entre ellas las de una mujer y su
hijo; el alcalde dice que es una respuesta de la delincuencia organizada, porque
el gobierno va ganando el combate contra el delito. “La violencia es solo una cuestión
de percepción que tiene el pueblo”, manifestó hace un año, un alto funcionario
estatal.
Esta innombrable guerra de baja
intensidad ha cobrado la vida de más de 208 mil personas del 2007 al 2016; pero
las frases desafortunadas giran en torno a que “los muertos son solo de
miembros de la delincuencia organizada” y no de la sociedad civil.
Ante las numerosas mujeres
asesinadas con dolo y odio -que la estadística oficial no reconoce del todo-,
el gobernador de Guerrero se niega a declarar la alerta contra la violencia de
género, a pesar del clamor popular. Solicita a la ciudadanía reclamante esperar
primero una respuesta del gobierno federal, aun cuando continúen los
feminicidios. El Secretario General de Gobierno, (el “maestro” incómodo), responsable
de la política interior, aparenta hacer mucho, pero no logra nada de resultados
significativos a la fecha. No recorre las regiones de Guerrero. No sale de sus
oficinas de Chilpancingo o de Acapulco.
Frase demasiado infeliz fue dicha en
tiempos de la tragedia de Iguala por el que fue Procurador General de Justicia
de México, Jesús Murillo Karam, cuándo afirmó que “la verdad histórica” era que
los 43 estudiantes (hasta hoy desaparecidos) fueron quemados en una monumental
pira en el basurero de Cocula. Recientemente el Alto Comisionado de los
Derechos Humanos de la ONU afirmó que funcionarios torturaron y quebrantaron el
derecho a la verdad en el caso de Ayotzinapa.
Por último, recordemos que el Presidente
de la República pronunció otra frase demasiado infortunada ante el drama los
padres de familia de los 43 normalistas desaparecidos: “Ya supérenlo”.
PD.
Bruno Plácido y sus huestes se han convertido en una fuerza paramilitar al
servicio de los poderosos que lo financian.
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