Héctor Manuel Popoca Boone.
Señores empresarios de México, me dirijo a
ustedes, a raíz de su manifiesto emitido a la opinión pública de hace poco más
de un par de semanas. En el plasmaron la visión que tienen ustedes sobre
nuestra nación; en contraste con la realidad de los muchos desposeídos que la
habitan.
Permítanme de entrada reconocer la aportación
positiva que han hecho al crecimiento de nuestra nación, como destacados organizadores
del esfuerzo humano, administradores de los elementos de la producción, del capital
y de las artes gerenciales, mercadológicas y tecnológicas; todo, con el
propósito de otorgarles a los productos y servicios vendibles en el mercado, un
mayor valor del que originalmente poseían.
Todos sabemos que la construcción de la pirámide
mayor de Egipto se debió a la visión y ego del Faraón Keops. Pero no se nos
escapa de la memoria que fue obra de cientos de miles de esclavos que las
hicieron posibles a partir de sus propios esfuerzos físicos y pérdidas de sus vidas.
Ese es uno de los múltiples ejemplos emblemáticos que nos ofrece la historia
universal. Las grandes cosas humanas no son producto tan solo del empeño de un
solo ser o grupo humano, sino del trabajo de todo un colectivo social.
Sea lo que fuere, la contribución de ustedes
para el progreso y formación de riqueza social en México ha sido clara, pero
también ha sido evidente la excesiva concentración de la misma en sus manos. Es
un excedente económico anual, producido por la sociedad en su conjunto, bajo la
conducción de ustedes pero también de quienes lo han generado materialmente: los
trabajadores del campo y de la ciudad. Además, siempre hay una contribución que
nos ha proporcionado nuestra madre naturaleza, que la mayoría de las veces la
hemos dilapidado: el usufructo de los recursos climáticos, naturales,
energéticos y territoriales. Que son también patrimonio de todos los que
habitamos este territorio nacional.
Ustedes saben organizar y administrar los
otros eslabones de las cadenas de valor, a partir de una masa inicial económica
acumulada, generada también como esfuerzo inicial de todos. Hablo de las
ganancias monetarias. El eterno acicate del capitalismo, salvaje o no; aun
cuando la mayor de las veces, lamentablemente la ambición desmedida de los
intereses económicos, desborda la moderación sin mayor miramiento al prójimo.
Aceptada esa riqueza nacional como producto
social, su distribución debe realizarse con la equidad socialmente
correspondiente; que refleje la aportación de cada cual con justeza. Eso no ha
sido así, provocando la pobreza de muchos mexicanos, en contraste con la riqueza
acumulada de unos cuantos, a lo largo del tiempo. Parte de esa riqueza social se
orientó hacia el consumo suntuario e insultante por ustedes, además de su sustracción
fuera del país.
Históricamente el problema radica cuando una
de las partes quiere abusar y apoderarse de más de lo que le corresponde. Los
que parten y comparten el pastel horneado por todos, se quedan con la mayor
parte y casi siempre dejan una porción pequeña a los demás. Es una situación
que la historia universal nos muestra, una y otra vez: la generación de sistemas
sociales con suma inestabilidad colectiva y de escasa gobernanza; que deviene
estados fallidos, caóticos o dictatoriales. En donde a la larga todos saldremos
perdiendo, sin distinguir “toga, lira o talega”
No
son tan solo ustedes los que generan el crecimiento económico y los empleos del
país, mérito igualitario es el de los trabajadores. Ambas partes son
invaluables en toda sociedad moderna. Entre todos debemos darnos la seguridad, respeto,
equidad, confianza, justeza, certidumbre, ambiente digno y necesario, para que
el esfuerzo sea valorado en todo por todos orgullosamente. No conviene seguir
en la brutal desigualdad social que nos caracteriza mundialmente y que es
vergonzante para todos. El hambre no conoce de moderaciones de ninguna especie;
y cuando estalla no conoce límites y arrolla con todo. México ya tiene varios
millones de seres humanos en la pobreza extrema.
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