Héctor Manuel Popoca Boone.
Aún no hemos dejado de
padecer del todo los flagelos pandémicos del Covid-19, en los aspectos de
salud, alimentación, empleo, economía, educación y bienestar familiar; cuando
nuestros ínclitos gobernantes y políticos nos ensartan en una nueva vorágine política
de corte electoral dentro del marco de la disputa por el poder presidencial en
el 2024.
Empieza a enseñorearse la
incertidumbre, la irritación, la confrontación polarizada y las movilizaciones
y concentraciones sociales, provocadas por las recientes leyes que configuran
la reforma electoral del 2023, aprobadas por la mayoría simple de los
legisladores del Congreso de la Unión y por la vía del fast track. Señaladamente
senadores y diputados adheridos y/o aliados al partido Morena, cuyo máximo líder
moral es el presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador (AMLO).
Eso es así, porque dichas
leyes no contaron con un análisis serio de congruencia y salvaguarda armónica
entre lo estipulado en ellas y el articulado electoral constitucional. De ahí
el desconcierto y la inconformidad en una amplia amalgama de destacados
políticos, empresarios, asociaciones civiles y populares, partidos políticos y
otras instancias de estudio del ramo jurídico y de la administración pública
del país; además de otros estamentos de la clase media y alta. Por otro lado, buena
parte de los pobres, gracias al estipendio económico universal que reciben como
pensión bimensual, se alinean incondicionalmente por gratitud con AMLO; como él
mismo lo confiesa.
Al ser publicadas las
susodichas leyes en el Diario Oficial de la Federación el 27 de diciembre del
año pasado, cobraron plena vigencia. La Corte Suprema de Justicia de la Nación (SCJN)
empezó a recibir un cúmulo de recursos de amparo e impugnación, algunos de los
cuales, los magistrados ya aprobaron su entrada a trámite. El propio AMLO
también ya reconoció, públicamente, que puede haber enmiendas de la SCJN a esas
leyes elaboradas y aprobadas al vapor y, por tanto, rebatibles e insostenibles
desde el punto de vista de lo jurídico electoral que está plasmado en la
Constitución de la República.
Sea lo que fuere, el
presidente de México ha demostrado, una vez más, que tiene un buen grupo de
títeres en el Congreso de la Unión que aprueban sin leer las iniciativas presidenciales.
Por lo menos AMLO ya aceptó también a regañadientes, que acatará las sentencias
que emita la SCJN al respecto.
La inconformidad social generada
es de tal magnitud (demostrada en las concentraciones y movilizaciones realizada
en el zócalo de la capital y otras ciudades del país), que se volvió una cuestión
de suyo grave, ya que exhibe la insania y el saboteo presidencial contra la
eficacia con las que el INE (recién cercenado) pueda bien cumplir su
responsabilidad principal, a saber: garantizar que las próximas elecciones
federales se lleven a cabo dentro de los parámetros de veracidad, certidumbre,
transparencia, imparcialidad, objetividad, conteo exacto y total de los
sufragios emitidos, otorgándoles la transparencia y difusión pública inmediata.
Condiciones indispensables para que los resultados sean legítimos, aceptados y
acatados por todos, en términos del buen ejercicio de una democracia electoral.
Las inconsistencias constitucionales
contenidas en esas leyes aprobadas (que las hay y muchas) impactan de manera
negativa y en forma retrógrada a la democracia mexicana puesto que son anti
democráticas, centralistas y con mucho tufo autoritario. El tristemente famoso
“Plan B” ha puesto en entredicho nuestro sistema político-democrático nacional.
Nuestra democracia
siempre será perfectible porque su esencia y naturaleza es de por sí dinámica,
cambiante y plural, compuesta por pareceres y creencias políticas muy plásticas
y atemporales de la ciudadanía. Es posible avanzar, pero no a base de desmembrar
y destruir, sin miramiento alguno, lo logrado en colectivo hasta ahora, que ha
sido producto de un sin número de conciliaciones y acuerdos de muchos
participantes y realizados desde hace más de 30 años atrás. Entonces, no es una
bicoca cualquiera este atentado político que nos ha puesto a todos en vilo.
Una vez que, la sola
voluntad y el rencor individual no lograron destruir totalmente o sustituir la
estructura principal de nuestro sistema electoral nacional -el INE- por otra instancia
no autónoma, centralizada y sujeta a los designios del poder ejecutivo federal,
con el objeto de administrar, controlar y determinar la totalidad de los
procesos electorales nacionales y subnacionales, el presidente AMLO procedió,
insanamente y en perjuicio de nuestra nación, a “destazar al INE”; restándole
capacidades, facultades y competencias; así como recursos materiales, humanos y
financieros de todo tipo.
PD1. Por ser indígena y por ser mujer, es de
reconocerle su valentía y tesón personal a Inés Fernández Ortega, a la cual, el
pasado 1 de marzo, se le hizo parcialmente justicia jurídica por parte del
Estado Mexicano, ante el atentado sexual de la que fue víctima a manos
tumultuarias de malos elementos del Ejército Mexicano, hace 21 años.
PD2. No se nos olvida que, durante más de cinco años y
medio, inexplicablemente el exgobernador Héctor Astudillo Flores y su maestro
incómodo, Florencio Salazar Adame, decidieron amurallar y no abrir el Centro
contra la Violencia a la Mujer Indígena en la ciudad de Ayutla, construido y
equipado durante el período del ex gobernador Ángel Aguirre Rivero, como parte
constitutiva del reparo colectivo contemplado en la sentencia de la Corte
Interamericana de los Derechos Humanos emitida hará 13 años.
*Como antecedente para este artículo, recomiendo la
lectura de: “El Modelo de Comunicación de la Revocación de Mandato en 2022” y “La
Inconstitucionalidad normativa”. Javier Esteinou Madrid. Revista Siempre, del
17/4/2022 y del 19/2/2023, respectivamente.
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