Héctor Manuel Popoca Boone.
En
plática de inicio de año con algunos amigos, hacíamos vaticinios que pueden presentarse
en la ciudad capital del estado, en un futuro cercano. Por principio de
cuentas, estuvimos en igual sintonía sobre lo imperativo de “no normalizar”
nuestra vida cotidiana a las circunstancias adversas que hoy en día se
presentan y desde tiempo atrás, en los temas de homicidios, secuestros,
extorsiones, latrocinios e impunidad imperantes en este municipio y
alrededores. Como pueblo agachado seguiremos cubriendo con un manto de
abnegación y sometimiento ciudadano perenne, a una impunidad fuerte, delictiva
y expansiva, propiciadora de todo tipo de delitos, que han contado siempre con
la venia paralizante de la mayoría de las instituciones de seguridad pública
que operan en el municipio a pesar de que es sede-cuartel de una de las dos
zonas militares que existen en Guerrero.
También
reflexionamos sobre la necesidad de vernos en el espejo de lo acaecido en el
puerto turístico de Acapulco, inmediatamente después del paso del Huracán OTIS.
O sea, el total saqueo popular, impresionante y masivo, de casi todos los haberes
de los negocios establecidos en la principal avenida costera del puerto y otras
calles circunvecinas. Fue una acumulada bomba de tiempo que explotó cuando se
dieron las condiciones propicias.
Circunstancias
explicables solamente en una ciudad cuya desigualdad social es brutal; y donde
la mayoría de la población vive históricamente en pobreza permanente, al igual
que otras muchas ciudades de Guerrero. De tal magnitud fue el vandalismo social
para apropiarse de lo ajeno, que dejó pasmadas a las autoridades de los tres
niveles de gobierno, además del profundo impacto a la opinión pública nacional
e internacional. Repito: las fuerzas institucionales para hacer respetar la ley
y el orden cívico brillaron por su ausencia; de ahí que hubo libertad total
para que se realizara el bandidaje con total impunidad.
Las
posibilidades de que esta forma de rapiña colectiva pudiera cundir en futuros
desastres naturales a nivel nacional -que conlleven pérdida masiva de seres
humanos y bienes materiales-, movió al gobierno federal a tomar la decisión de
establecer, a la brevedad posible, más de veinte cuarteles militares a lo largo
y ancho del territorio de Acapulco y Coyuca de Benítez con el objeto de inhibir
a la delincuencia, simple y organizada, para que siga asentando, aún más, sus
reales, ante un vacío de poder institucional certificado. A la par, se dio
prioridad en atender la instrucción presidencial de implementar rápidamente amplios
programas de apoyo eventual, de urgencia y cortoplacistas, para una inmensa
ciudadanía damnificada, como una respuesta pronta a esa descomunal tragedia social,
económica y ambiental.
Con
el escuálido aforo de turistas que hubo en la pasada temporada turística, se quebró
la columna vertebral económica del principal municipio de Guerrero que tiene en
su cabecera municipal, una población, fija y flotante, de alrededor de un
millón de habitantes. Su actividad económica se redujo en no menos del 70 por
ciento de la que tenía en la temporada de fin de año del 2022; incrementándose
abruptamente el desempleo urbano y semiurbano, con la consecuente caída masiva
de ingresos económicos en la mayoría de los hogares acapulqueños.
Esto
último hará seguramente que la delincuencia empiece su reactivación y prosiga
su expansión poco a poco, una vez que se hayan agotado los apoyos eventuales que
actualmente se están otorgando; pero, como el pronóstico es que no va a ver
mucho dinero que robar, ahora serán los malandros que residen en el puerto
turístico de Acapulco los que se trasladen a Chilpancingo a realizar sus
fechorías; cuestión abonada de antemano; siendo ya un territorio municipal
disputado desde el sexenio pasado, principalmente por dos bandas de “chicos
organizados”, muy agresivas. Esa es la razón de la migración que ya están
realizando muchas familias chilpancingueñas hacia otros estados del país. El
escenario esbozado es pues, de pronóstico reservado.
El
tema esbozado surgió como referencia al fenómeno de la movilización post OTIS
de una parte de la población acapulqueña a la ciudad de Chilpancingo, para
comprar agua, víveres, mercancías y combustible para vehículos, en los diversos
establecimientos de conveniencia; saturando además la hospedería y el comercio
local. Ojalá estemos equivocados, pero el panorama pesimista es que dentro de
un corto plazo le tocara a la delincuencia porteña trasladarse a Chilpancingo,
por no haber cosecha monetaria que levantar en el centro turístico referido. (Continuará)
porelrescate@outlook.com
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