Héctor Manuel Popoca Boone
Al tener setenta y cinco años, acepto con filosofía que
debo prepararme para despedirme; ante lo inevitable del cierre de mi ciclo vital.
Es absurdo no reconocer el deterioro acelerado que sufre mi sistema corporal
que no del psicoemocional, que se traduce en achaques frecuentes y disminución
de capacidades orgánicas, óseo-musculares y de los sentidos; restándome
lentamente independencia y autonomía individual.
La vida me ha permitido contemplarla en todo su esplendor
y magnificencia, pero también en sus manifestaciones de desgracias, de tiempos
aciagos, sombríos, y de muerte. He gozado a lo largo de mi vida de abundancias,
pero también de carencias; me han embargado todo tipo de emociones y actos
edificantes; otros penosos además de réprobos; se me han generado sentimientos
cohesionadores de amor y fraternidad; junto con otros confrontadores de odio y
rencor; tanto en el ámbito material, como en el anímico y espiritual.
Me hago responsable de mis errores. Reparados están
algunos. En todos he pedido perdón a los agraviados, las más de las veces, a
distancia por un orgullo mal orientado.
Reconozco poseer salud básica, pero también he padecido
postraciones y depresiones, producto de diversas enfermedades. He sentido el
calor de fraternidades y la gelidez de las enemistades. He sabido rodearme de muchas
amistades y poner saludable distancia a los adversarios y personas tóxicas. Tengo,
a veces, pesar por mi carácter rebelde e irredento. He absorbido enseñanzas
buenas e ilustrativas y desechado malos aprendizajes. Siempre trato de escudriñar
todo tipo de motivaciones conductuales y de la psique humana en general. Mi
curiosidad es inmensa y mis asombros no me cejan a esta edad. Nada de lo humano
ni del universo me es anodino o ajeno.
He aprendido a acercarme a los seres humanos que hacen el bien
y ayudan al prójimo, alejándome de los que practican la maldad. He aprendido a edificar,
pero también a destruir sentimientos. Valoro en mucho la descendencia biológica,
que es a la vez mi más importante trascendencia personificada en ustedes; que son
las verdaderas y profundas huellas de mis acciones y pensamientos. En verdad
que mi vida frisa en lo binario y bipolar con todos sus riesgos y desafíos. Carpe
diem, (Horacio, dixit): Vivo mi vida hoy, y no la postergo para el
mañana.
Como bien tituló Pablo Neruda su autobiografía: “Confieso
que he vivido”. Yo también le he dado la cara a la vida como se ha presentado y
no he declinado en mis afanes, por más retraído que me encuentre en circunstancias
poco favorables. Mi espíritu y entusiasmo siguen incólumes. Estoy enhiesto y
abierto a lo nuevo y a lo desconocido por descubrir. Aun cuando siento estar desfallecido
no estoy doblegado, subordinado o encasillado. Podrán vulnerar mi cuerpo, pero
jamás mi espíritu indomable. He padecido sufrimientos sin fin que han sido forja
para seguir viviendo. Mis muchas fortalezas van a la par de mis pocas
flaquezas. La inquietud constante, innata, no me da tregua. Decía Albert Camus:
“En medio del infierno, aprendí al fin, que hay un eterno verano en mí”.
Mis rebeldías nacen de las limitaciones que tengo para
otorgar mayores capacidades de superación personal y colectiva a mis semejantes.
Por eso sigo abierto a los buenos ejemplos, deseoso de emularlos: con temple,
carácter y dignidad. Mi fortaleza ética se encuentra sólida y sin mella alguna.
Vivo porque no me rindo. Mis principios, valores e ideales me sostienen y le otorgan
largo aliento a mi vida para seguir adelante.
Estoy fundido en el crisol de los diversos escenarios que
la vida me ha destinado para actuar, pensar y convivir; muchos de ellos
pletóricos de humanidad. No claudico de la lucha cotidiana porque ustedes,
hijos míos, son mi sostén y motivo de vida. Por mis venas corren fluidos
esenciales de la existencia de ustedes que me purifican sin cesar. Por eso soy
un ser agraciado y con una inmensa gratitud al saber de su buena existencia,
desempeño familiar y social. De su apoyo incondicional inmerecido.
Quiero seguir aprendiendo todo, de todos. A mi edad he
desarrollado gran capacidad de observación y apreciación; justiprecio a la
naturaleza, al mundo, al universo y a la gente que me rodea y acompaña. He
aprendido a respetar y tratar de ser sencillo. Seguiré cuidando de mi cuerpo y
mi espíritu. Compartirme es mi designio trazado a esta edad.
Busco la convivencia y la plática sabrosa con la vieja guardia
y las generaciones emergentes. Destierro la soledad. Me satisface pasar la estafeta
a las nuevas camadas de jóvenes, compartirles aleccionadoras lecciones y alertarlos
de perjudiciales palabras, pensamientos y acciones, para así sortear de mejor
manera las circunstancias complejas y difíciles que se les presenten.
Quiero vivir esta temporada final sin prisas ni estrés; darle
tiempo a la contemplación, al recuerdo y a la meditación; a la enseñanza de
saberes adquiridos y a la sumatoria de las experiencias tenidas. Subrayo que
toda caída por prolongada que sea siempre será tan solo un eclipse pasajero que
nos da la posibilidad de volver a brillar con mayor fulgor.
Deseo aprender a silenciarme cuando sea pertinente, para
dar paso al disfrute de la polifonía que me rodea, repasar lo que me ha pasado
y realizado a lo largo de mi vida, ahora que llego a la vejez como punto de encuentro
y aterrizaje. Pienso, luego existo. (Descartes, dixit) Busco en este
remanso la aceptación, con buen ánimo y fortaleza de espíritu, de lo que afrontaré
cuando el momento de partir arribe como realidad ineluctable.
Veo la luz y quiero ver más luz (Goethe); pletórica de
alegría, colorido y optimismo; llena de motivaciones y oportunidades sin par,
que ilumine mi espíritu lleno de pasiones, ilusiones, entusiasmos y emociones
excelsas, nacidas de mi alma, cultivadas con el corazón y mente, bagaje indeclinable
hasta el último día de mi existencia, por más que mi accionar psicomotor esté limitado.
Recuerden hijos que el amar, ¡el amor!, supera con creces
cualquier inicio de desfallecimiento, en el espectro de las infinitas
maravillas que nos brinda el universo y nuestra madre naturaleza. La mujer seguirá
siendo dentro de la especie humana, el mejor logro y expresión perenne de procreación
y redención. Gracias le doy a la madre de ustedes por engendrarlos y haber sido
el sostén principal de su educación.
porelrescate@hotmail.com
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