Héctor Manuel Popoca Boone.
La movilización numerosa de seres humanos en contra de
su voluntad, es decir, de manera forzada, de un lugar a otro, conlleva la conculcación
de la libertad humana individual que es de los primigenios derechos del ser
humano. Generalmente lleva aparejada también la violación del patrimonio
familiar, de índole material, productivo, cultural y de la identidad
territorial; además de la desintegración de la cohesión social por consanguinidad
y de pérdida de salud, paz, seguridad pública y de la propia vida. Los
destierros y movilizaciones forzadas provocan una criminalidad llana y plana, la
mayor de las veces en el marco de una intencionalidad genocida.
En la Alemania nazi (1936-1945) Hitler y sus secuaces
odiaban a muerte a los judíos, porque los consideraban causantes de todas las
desgracias económicas, sociales y políticas que azotaban a Alemania, país
derrotado en la I Guerra Mundial en Europa durante el primer tercio del siglo
XX.
Por eso, las consignas políticas exitosas de los nazis
estuvieron basadas en el pregón de la supremacía de la raza aria sobre las
demás; y de su propia expansión territorial para agrandar su hábitat de
predominio continental. Según los nazis, devolverle la dignidad perdida al
pueblo alemán pasaba por el bestial exterminio, entre otros, del pueblo judío.
A eso le llamaron “La Solución Final”.
Cuando asaltaron el poder del “Tercer Reich” en
Alemania (1936), iniciaron el diseño del genocidio semita. Primero obligaron a
los judíos alemanes a identificarse como tales; fueron censados de manera
particular y los obligaron a llevar un emblema: la Estrella de David, zurcida sobre
su vestimenta. Después, y una vez iniciada la II guerra mundial (1939), la
Alemania Nazi comenzó de manera sistemática la deportación-reubicación-concentración
y posterior exterminio de los “indeseables semitas” que vivían en los diversos
países de la Europa ocupada. En Polonia, por ejemplo, los obligaron a vivir en
un gran “gueto” (lugar de concentración y/o reasentamiento). Con la invasión a
la Unión Soviética en 1942, juntaron a todos los judíos que radicaban en Europa
junto con prisioneros rusos y otras razas, para efectuar un último traslado forzado
masivo a los “campos de exterminio”, donde los “supremos de la raza aria” establecieron
las letales cámaras generales de asfixia humana con gas venenoso, mismas que
estaban adjuntas a crematorios humanos construidos en serie de manera fabril.
Por el gran número de personas deportadas, los alemanes
nazis utilizaron fundamentalmente ferrocarriles y camiones como medio principal
para los traslados de la gente amontonada (hombres, mujeres y niños); en
vagones de carga con 70 a 90 personas apiñonadas en cada furgón, en cuerdas
promedio de 900 seres humanos por tren.
Los
centros de exterminio se localizaban en zonas aisladas, semirrurales, ocultas
de la vista pública urbana y construidos cerca del cruce de líneas ferroviarias
importantes; lo que permitía que los trenes transportaran cientos de miles de
personas a la semana. Por su número, representaban una operación de traslado
muy compleja que requirió de la participación de varias dependencias civiles y
militares del gobierno alemán nazi y aliados; en especial, las temidas SS, la
Gestapo, el ejército, policías locales; incluso, de autoridades religiosas
hebreas y comandos de reos judíos que actuaban como capataces y verdugos
directos.
Otros
gobiernos dictatoriales en el siglo XX realizaron desplazamientos masivos
forzados que culminaron muchos de ellos en actos genocidas, con estilos propios
de deshumanización y exterminio. Por ejemplo, los perpetrados al pueblo armenio,
a manos del dictador turco, Pasha, con sus “marchas de la muerte” (1915-1917). Al
pueblo ruso, por José Stalin en la Unión Soviética (1930-1950). También el
pueblo camboyano fue víctima del dictador comunista Pol PoT (1975-1979), etc.
Algunos países africanos no se quedaron atrás como Ruanda, por ejemplo, o en el
Medio Oriente, teniendo como víctimas a los pueblos de Palestina y Siria.
Alrededor
de 6 millones de judíos y otros más, fueron masivamente asesinados en un
periodo de 4 años (1942-1945). A razón promedio de 4,167 personas por día.
Ahora, el “Orate del Norte”, el presidente de EUA, Donald Trump, en cuatro años
pretende deportar a México alrededor de 4.5 millones de paisanos
indocumentados, a razón promedio de 3,082 individuos por día. Ya piensa en la
reconversión de Guantánamo para hacerlo campo temporal de concentración para 40
mil deportados. ¡Pa su Má!
PD1.
Recomiendo visitar el Museo Memoria y Tolerancia. Alameda
Central. Ciudad de México.