viernes, 25 de abril de 2025

La comunicación social en tiempos de AMLO

 Héctor Manuel Popoca Boone.

¿Quiénes son los perpetradores, intelectuales y materiales, del atentado criminal al luchador social, Marco Antonio Suastegui Muñoz?

He leído con detenimiento un ensayo titulado: “Medio siglo tratando de comprender la Comunicación Social”, que me envió mi amigo y colega en el bachillerato, Javier Esteinou Madrid, doctorado por la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) en la especialidad de Comunicación Social. Estoy de acuerdo con él -y resumo, en este artículo, con agregados propios- la mayoría de sus reflexiones sobre los fuertes cambios suscitados en materia de comunicación pública institucional, a partir del año 2018.

Cambios iniciados con una cuestionable y polémica argumentación presidencial conocida popularmente como “tener otros datos” y cuya plataforma propagandista fue la estructura, los recursos humanos, económicos y materiales del gobierno federal, aunados con una estrategia mediática institucional construida para tal efecto; complementada con un robusto equipo de “comentaristas de noticias” muy activos en las redes sociales digitales, encargados de apuntalar, defender y expandir “la opinión-verdad” presidencial en la conciencia social, matizando y moldeando el conocimiento de los hechos verídicos que acontecían en la sociedad.

AMLO, desde el ejercicio proteico de un presidencialismo hegemónico renovado, inició una estrategia mediática tomando como base la ideología posrevolucionaria de carácter institucional denominada, “Nacionalismo Revolucionario (PRI)”, para luego convertirse en el “Neoliberalismo Social (PRI-PAN)” y transformada, hoy en día, en el denominado “Humanismo Mexicano (Morena-4T)”.

Así, AMLO empezó la conducción personalizada de su estrategia mediática, consistente en una reiterada auto apología ideológica, onerosa y de gran agresividad política, con el propósito de construir consensos populares aprobatorios para su estilo de gobernar. Acompañada con una fuerte intervención y manipulación de la información pública, así como el uso desmedido del proselitismo político, desde y para el beneficio del ejercicio del poder presidencial.

La comunicación social bajo el gobierno presidencial de AMLO tuvo como consignas permanentes: 1) Controlar y conducir la narrativa pública colectiva. 2) Conquistar masivamente la conciencia ciudadana. 3) Influir en el comportamiento de la población. A través de la configuración indiscriminada y del señalamiento reiterado, genérico o individual, de culpables generadores de las crisis políticas, económicas y sociales del país; colocando al neoliberalismo, juntamente con los neoconservadores, en un sitial destacado de sus disparos mediáticos.

Se entró en el período que Javier Esteinou denomina: “la crisis de la verdad”. Significado por la aplicación reiterada y abusiva de señalamientos maniqueos, la incitación a la confrontación clasista (fifís versus chairos), a la discusión demagógica-rupestre y a la adjetivación aniquilante. Mismos que fueron usados para minimizar al adversario y sus mensajes, para así poder llegar, sin mayores obstáculos, al nuevo culto a la personalidad presidencial (reminiscencia priista de continuidad), como un elemento redentor impregnado con una renovada fe en un movimiento político que AMLO denominó: “La cuarta Transformación Social” y en su partido político “Morena”.

A mi manera de ver personal, la nueva forma de moldear la verdad con propósitos interesados, tuvo como guía implícita la sombra del comunicador por excelencia del nazismo, Joseph Goebels; con la utilización reiterada de la mentira, la presentación de datos que, en muchos casos, no eran verificables o eran falsos, distractores o deformadores de facto; ensalzando cuestiones nimias o baladíes y satanizando, a la vez, a sus adversarios -reales o ficticios- y cuasi idolatrando la personalidad del presidente de la República.

AMLO siempre tuvo una posición de esquivo y soslayo criminal sobre algunos problemas y conflictos sociales álcidos reales, que ameritaban toda la atención gubernamental posible y una perentoria contención o solución social, por ejemplo: la pandemia del COVID-19, la corrupción, los asuntos del narcotráfico y la criminalidad.

Lo anteriormente mencionado propició el aumento de la desinformación y la tergiversación de la verdad; provocando gran opacidad oficial al comportamiento gubernamental que, juntamente con los juicios y sentencias extremas sobre los causantes de los males sociales (“están conmigo o contra mí”), dieron pauta a la construcción de lo que Esteinou denomina “el reinado de la posverdad”.

La resultante fue una creciente desconfianza y poca certidumbre de la sociedad respecto a las instituciones gubernamentales, al discurso presidencial y a los medios de comunicación pública del gobierno federal; facilitando la génesis de fricciones político-sociales; inhibiendo la expresión de la auténtica opinión pública, a la par de polarizar y confrontar a la sociedad; dificultando la capacidad de claro discernimiento de la población sobre los asuntos públicos. La rendición de cuentas gubernamentales fue enrarecida; el derecho a la información veraz fue vulnerado; la libertad de expresión, coartada de facto; y el endeble proceso de construcción de la democracia en México, quedó ralentizado.

PD. Sensata y razonable es la propuesta de la presidenta de la República, Claudia Sheinbaum, de que la nueva Ley de Telecomunicaciones sea evaluada en periodo extraordinario en el Congreso de la Unión. No hay al momento, prisa alguna para su aprobación.

 

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