Héctor Manuel Popoca Boone.
¿Quiénes
son los perpetradores, intelectuales y materiales, del atentado criminal al
luchador social, Marco Antonio Suastegui Muñoz?
He
leído con detenimiento un ensayo titulado: “Medio siglo tratando de comprender
la Comunicación Social”, que me envió mi amigo y colega en el bachillerato,
Javier Esteinou Madrid, doctorado por la Universidad Autónoma Metropolitana
(UAM) en la especialidad de Comunicación Social. Estoy de acuerdo con él -y resumo,
en este artículo, con agregados propios- la mayoría de sus reflexiones sobre
los fuertes cambios suscitados en materia de comunicación pública institucional,
a partir del año 2018.
Cambios
iniciados con una cuestionable y polémica argumentación presidencial conocida popularmente
como “tener otros datos” y cuya plataforma propagandista fue la estructura, los
recursos humanos, económicos y materiales del gobierno federal, aunados con una
estrategia mediática institucional construida para tal efecto; complementada con
un robusto equipo de “comentaristas de noticias” muy activos en las redes
sociales digitales, encargados de apuntalar, defender y expandir “la opinión-verdad”
presidencial en la conciencia social, matizando y moldeando el conocimiento de
los hechos verídicos que acontecían en la sociedad.
AMLO,
desde el ejercicio proteico de un presidencialismo hegemónico renovado, inició una
estrategia mediática tomando como base la ideología posrevolucionaria de
carácter institucional denominada, “Nacionalismo Revolucionario (PRI)”, para
luego convertirse en el “Neoliberalismo Social (PRI-PAN)” y transformada, hoy
en día, en el denominado “Humanismo Mexicano (Morena-4T)”.
Así,
AMLO empezó la conducción personalizada de su estrategia mediática, consistente
en una reiterada auto apología ideológica, onerosa y de gran agresividad
política, con el propósito de construir consensos populares aprobatorios para
su estilo de gobernar. Acompañada con una fuerte intervención y manipulación de
la información pública, así como el uso desmedido del proselitismo político,
desde y para el beneficio del ejercicio del poder presidencial.
La
comunicación social bajo el gobierno presidencial de AMLO tuvo como consignas
permanentes: 1) Controlar y conducir la narrativa pública colectiva. 2) Conquistar
masivamente la conciencia ciudadana. 3) Influir en el comportamiento de la
población. A través de la configuración indiscriminada y del señalamiento
reiterado, genérico o individual, de culpables generadores de las crisis
políticas, económicas y sociales del país; colocando al neoliberalismo, juntamente
con los neoconservadores, en un sitial destacado de sus disparos mediáticos.
Se
entró en el período que Javier Esteinou denomina: “la crisis de la verdad”. Significado
por la aplicación reiterada y abusiva de señalamientos maniqueos, la incitación
a la confrontación clasista (fifís versus chairos), a la discusión
demagógica-rupestre y a la adjetivación aniquilante. Mismos que fueron usados
para minimizar al adversario y sus mensajes, para así poder llegar, sin mayores
obstáculos, al nuevo culto a la personalidad presidencial (reminiscencia
priista de continuidad), como un elemento redentor impregnado con una renovada
fe en un movimiento político que AMLO denominó: “La cuarta Transformación Social”
y en su partido político “Morena”.
A
mi manera de ver personal, la nueva forma de moldear la verdad con propósitos
interesados, tuvo como guía implícita la sombra del comunicador por excelencia
del nazismo, Joseph Goebels; con la utilización reiterada de la mentira, la
presentación de datos que, en muchos casos, no eran verificables o eran falsos,
distractores o deformadores de facto; ensalzando cuestiones nimias o baladíes y
satanizando, a la vez, a sus adversarios -reales o ficticios- y cuasi
idolatrando la personalidad del presidente de la República.
AMLO
siempre tuvo una posición de esquivo y soslayo criminal sobre algunos problemas
y conflictos sociales álcidos reales, que ameritaban toda la atención
gubernamental posible y una perentoria contención o solución social, por
ejemplo: la pandemia del COVID-19, la corrupción, los asuntos del narcotráfico
y la criminalidad.
Lo
anteriormente mencionado propició el aumento de la desinformación y la
tergiversación de la verdad; provocando gran opacidad oficial al comportamiento
gubernamental que, juntamente con los juicios y sentencias extremas sobre los
causantes de los males sociales (“están conmigo o contra mí”), dieron pauta a
la construcción de lo que Esteinou denomina “el reinado de la posverdad”.
La
resultante fue una creciente desconfianza y poca certidumbre de la sociedad respecto
a las instituciones gubernamentales, al discurso presidencial y a los medios de
comunicación pública del gobierno federal; facilitando la génesis de fricciones
político-sociales; inhibiendo la expresión de la auténtica opinión pública, a
la par de polarizar y confrontar a la sociedad; dificultando la capacidad de claro
discernimiento de la población sobre los asuntos públicos. La rendición de
cuentas gubernamentales fue enrarecida; el derecho a la información veraz fue
vulnerado; la libertad de expresión, coartada de facto; y el endeble proceso de
construcción de la democracia en México, quedó ralentizado.
PD. Sensata y razonable es la propuesta de la presidenta
de la República, Claudia Sheinbaum, de que la
nueva Ley de Telecomunicaciones sea evaluada en periodo
extraordinario en el Congreso de la Unión. No hay al momento, prisa alguna para
su aprobación.
porelrescate@outlook.com
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