Héctor Manuel Popoca Boone.
Desde mi juventud, mi angustia primera, la fuente de todas mis alegrías y amarguras, ha sido la lucha incesante e implacable entre la carne y el espíritu. Llevo en mí, las fuerzas tenebrosas del maligno y las fuerzas luminosas de Dios; y mi alma es el campo de batalla donde se enfrentan ambos ejércitos.
No quiero que mi cuerpo se
pierda; no quiero ver mi alma envilecida. He luchado por reconciliar en mí
ambas fuerzas antagónicas; deseo que ambas comprendan que no son enemigas sino
por el contrario están asociadas, de manera que puedan reconciliarse en forma
armoniosa y de este modo poderme yo reconciliar con ellas.
Para poder continuar la lucha
entre la carne y el espíritu: entre rebelión y resistencia, reconciliación y
sumisión; es preciso tener un conocimiento profundo de lo que constituye el fin
supremo de la lucha …
Esa es la ascensión seguida
por “Cristo hecho hombre”; el cual nos invita a seguir marchando tras las
huellas sangrientas de sus pasos. Dicha ascensión precisa que vivamos las
pequeñas y las grandes alegrías del hombre, su angustia, su tristeza, sus
enojos; que sepamos por qué su victoria final se nos antoja nuestra propia
victoria futura. Que conozcamos cómo venció las celadas floridas de la tierra,
cómo sacrificó y cómo ascendió de sacrificio en sacrificio, de hazaña en
hazaña, hasta la cima de su martirio: La Cruz.
Porque ascender a la cima del
sacrificio, a La Cruz, Jesucristo pasó por todas las pruebas que debe pasar el ser
humano que lucha. Esta es la razón por la cual su sufrimiento nos resulta tan
familiar. Es tan profundamente humano su sacrificio y, por ende, su sufrimiento,
que nos ayuda a comprenderlo, a amarlo, a reconfortarnos en él y a seguir su pasión
como si se tratara de nuestra propia pasión.
Si no poseyera él ese calor
humano, jamás podría haber conmovido nuestro corazón con tanta seguridad y
ternura; jamás habría podido convertirse en un modelo para nuestra vida. Lo
vemos luchar como nosotros y cobramos valor al saber que él lucha a nuestro
lado.
Cada instante de la vida de
Cristo es una lucha y una victoria. Superó el irresistible encanto de las
sencillas alegrías humanas, triunfó sobre la tentación; transformó
incesantemente la carne en espíritu y continuó su ascensión; llegó a la cima
del Gólgota y subió a La Cruz. Pero ni siquiera allí, terminó su combate. En La
Cruz le esperaba otra tentación, la última tentación. El Maligno, como en un
relámpago, desplegó, ante los ojos desfallecientes del crucificado, la engañosa
visión de una vida apacible, cómoda y dichosa: del sendero suave y fácil de un ser
humano que se había casado y que tuvo hijos. Sus semejantes lo amaban y respetaban;
y ahora, ya viejo, estaba sentado a la puerta de su casa, recordando las
pasiones de su juventud y sonreía satisfecho.
Muchos de sus seguidores dirián:
¡Qué bien haber procedió así! ¡Qué sabiduría haber seguido el sendero del ser
humano y qué insensatez hubiera sido salvar al mundo! ¡Qué alegría haber
escapado a las tribulaciones, al martirio y a la Cruz!
Ante esa última tentación, que
durante algunos segundos turbó los instantes finales de su vida, giró
bruscamente Jesús su cabeza y abrió los ojos. Vio que no había sido un desertor
ni un traidor. Había cumplido la misión que Dios le había encomendado. No se
había casado. No había vivido dichoso ni gozoso. Cumplió con su misión en la
tierra. Había llegado a la cima del sacrificio: Estaba clavado en La Cruz.
Cerró los ojos, satisfecho.
Entonces se oyó el grito triunfal: ¡Todo se ha consumado! Es decir, terminó su
misión. Fue crucificado. No sucumbió a la tentación. Así fue la vida ejemplar
de ¡Cristo, hecho hombre!
La enseñanza es no temer al
sufrimiento, a la tentación, a la carencia o a la muerte, porque todo ello
puede ser vencido y Jesucristo lo hizo. Desde entonces el sufrimiento quedo
santificado, como un ejemplo supremo del ser humano que hace de su existencia
un combate cotidiano. La tentación luchó hasta el último momento para extraviarlo,
y fue vencida. Cristo murió en la cruz y en ese mismo instante la muerte fue
por siempre vencida.
Cada obstáculo interpuesto en
su marcha, Cristo lo transformaba en hito y ocasión de futura victoria. He ahí
su ejemplo que nos abre el camino y nos infunde valor en esta vida. He ahí un
aliciente para todos los hombres y las mujeres que luchan mucho y en forma perseverante
a lo largo de toda su vida terrenal. He ahí quien tuvo como consigna vital:
“Ama a tu prójimo, como a ti mismo”.
*De la lectura del prefacio
del libro “La Última Tentación”. Nikos Kazantzakis. Editorial Debate, S.A.
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